viernes, 11 de septiembre de 2009

Otra vez

¿Soy la única que tiene la impresión de que todos los días se celebra la Diada o el Aberri Eguna?

Que nadie se me enfade que no van por ahí los tiros. Paz, amor y que cada uno se manifieste por lo que le dé la gana.

Supongo que la gran repercusión que tienen en los medios y, principalmente, mi ignorancia sobre festejos en general, hacen que me parezca que cada dos por tres de celebra alguna de estas fiestas. Ya que estoy me he documentado y he descubierto que otro de mis problemas era que varias festividades distintas me parecían la misma.

Quien ya sepa de qué va esto se lo puede saltar. Pero es que yo soy un poco burra y así lo demuestro y, si se me vuelve a olvidar, tengo donde consultarlo.

San Jordi es el patrón de Cataluña y se celebra el 23 de abril. En esta fiesta es típico regalar flores y libros pero es día laborable. El 24 de septiembre es La Mercè pero sólo es fiesta en Barcelona y el 11 de septiembre se celebra la Diada que sí es el Día Nacional de Cataluña. Se recuerda la caída de Barcelona ante las tropas del rey Felipe V el 11 de septiembre de 1714, y la posterior pérdida de las instituciones catalanas.

Por otro lado, el Aberri Eguna es una celebración festiva del nacionalismo vasco que se convoca anualmente en el Domingo de Resurrección en los territorios de Euskal Herria y la diáspora repartida en el mundo entero. Fue creada por el Partido Nacionalista Vasco en 1932.

Wikipedia dixit.

Yo creo que me debo liar con algo más porque, sobre todo el Aberri Eguna, me parece verlo muy a menudo en la tele…

jueves, 10 de septiembre de 2009

Historias de no dormir III: tuto o muete

Mi Santo se fue un fin de semana con los compañeros de la universidad a la casa del pueblo de uno de ellos.

Debido a la alta ocupación, esta vez no fue posible adjudicarle una habitación de uso individual por lo que le tocó al pobre Martín, en sorteo ante notario, compartirla con él. Les tocó una habitación con dos camas gemelas.

Martín había pensado irse a dormir antes con la idea de que tener el ojo pegao antes de que comenzara el concierto. Pero la noche se lió y Mi Santo le tomó la delantera.

Cuando ya no le quedó más remedio, porque todo el mundo se había ido a la cama y no echaban nada decente por la tele, se dirigió cabizbajo hacia su habitación.

Abrió la puerta con mucho cuidado y el silencio que encontró le pareció música celestial.

- ¡No está roncando! Me meto en la cama como un ninja y toda la noche de un tirón.

Sin encender la luz, entró de puntillas en la habitación en completa oscuridad. Pegó un par de tropezones al pasar entre las camas pero nada suficiente para sacar a su compañero del estado de hibernación. Se sentó en su cama con mucho cuidado y se inclinó para quitarse las zapatillas con todo el sigilo posible.

En ese preciso instante, un rugido del averno generado a escasos veinte centímetros de su cara le dio el susto de su vida. Martín dio un brinco que casi se cae por el otro lado de la cama y el alarido del que fue acompañado el brinco se oyó en todo el pueblo.

Como estaba muy oscuro no había sido capaz de determinar en qué posición se encontraba Mi Santo al entrar en la habitación. En efecto. Encendió la luz y vio que tenía la jeta al bordecito mismo de la cama, delante de sus narices.

Martín lo cuenta como uno de los momentos más espeluznantes de su vida.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Zombis: Tercera Entrega

Adoro las pelis de zombis. Sobre todo las de zombis de verdad: los tontos. Me caen mucho mejor que esos que corren tanto, se suben por las paredes y gritan como Mónica Naranjo con bronquitis.

Además, como ya pudimos aprender con la “Guía de supervivencia zombi” de Max Brooks, un zombi es una persona enfermita, así que nunca podrá correr los 100 m en 9 segundos y pico o subirse por las paredes como Spiderman si antes de contagiarse no era Usain Bolt o Peter Parker.

Pues eso, que me gustan mucho 28 días y semanas después, Resident Evil, Amanecer de los muertos, Soy leyenda, La Serpiente y el Arco Iris y todas en las que los zombies dan miedito… Pero las mejores son las más auténticas.

Aquí una recopilación de las que me parecen más graciosas.

Zombies Party (Shaun of the Death, 2004)

Hay muchos momentos míticos en esta peli, como cuando los protagonistas discuten sobre qué vinilos son prescindibles para ser usados como arma arrojadiza o el apaleamiento de un zombi al ritmo de “Don’t stop me now” de Queen.

Pero lo que más me gusta es lo que tardan en darse cuenta de que los zombis lo son. Pasan todo un día pensando que son los colgados del barrio de siempre que están borrachos o de resaca.




Ovejas asesinas, (Black sheep, 2007)

El trailer quiere dar miedo pero no nos podemos olvidar de una cosa: son ovejas asesinas. Si hubiera un premio al bicho más estúpido e inofensivo se lo llevarían las ovejas. Que un extraño experimento las haga carnívoras y agresivas las convierte en el mejor zombi que he visto. Divertidísima.



Tu madre se ha comido a mi perro (Braindead, 1992)

La duda es inevitable. ¿Peter Jackson prefiere rodar El Señor de los Anillos y King Kong o lo que verdaderamente le mola es gastar 15 hectolitros de ketchup en una paranoia gore de bajo coste?

Impagable ver a Diana Peñalver (chiiiiiicas de hoy en díííííía) diciéndole a su novio el título de la película, a lo que el protagonista le contesta: “No todo”, mientras saca los restos del rabo del perro de la boca de su madre.

Ojo que es un trailer pero tiene bastante tomate.

martes, 8 de septiembre de 2009

Zombis: Segunda Entrega

En la primera entrega hablaba de una guía de supervivencia zombi. Completo compendio de consejos para que los humanos intenten sobrevivir al ataque de estos bichos.

Pues aquí tenemos lo contrario. Que ellos también tienen derecho. Angelicos.

Por si no carga, lo podéis ver aquí.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Objetivos cumplidos

Coldplay


Ruta del Modernismo

Bharma


sábado, 5 de septiembre de 2009

Historias de no dormir II: en cama ajena

Un verano, antes de que Mi Santo ostentara ese cargo, se fue con unos amigos a la playa. La expedición estaba formada por la típica cuadrilla de amiguitos de toda la vida más un “amigo de”, un añadido de última hora.

El conocerse desde hace muchos años y ser un poco cabroncetes hace que pusieran a “amigo de” a dormir con Mi Santo. No sabía el pobre dónde se metía.

Los muchachos salieron de fiesta y se recogieron a una temprana hora de la madrugada. A la mañana siguiente, un integrante de la expedición se encontró a “amigo de” hecho un ovillo en el sofá, tapado con una sábana hasta los ojos y con cara de haber visto al diablo.

- Pero, ¿qué te pasa tío? ¿Qué haces aquí?

- ¿Que qué hago aquí? Tu amigo ronca como un animal y no conseguía dormir. Pero cuando ya me estaba quedando frito me despierto del susto porque se estaba metiendo en mi cama! Le he gritado y no contestaba pero se seguía metiendo en mi cama! ¡He tenido que salir por patas de allí!

El amigo se empezó a descojonar y le contó a “amigo de” que Mi Santo era un poco sonámbulo pero inofensivo y que no era nada personal. Debía haberse levantado, darse un paseo, desorientarse y meterse en cama ajena pensando que era la suya.

- Sí, sí, lo que tú quieras, pero yo no vuelvo a dormir con ese tío.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Bharma

Esta tarde nos vamos a Barcelona con un doble propósito que se acaba de convertir en triple. Los propósitos iniciales eran ver a Coldplay esta noche y hacer lo que nos queda de la Ruta del Modernismo entre mañana y pasado.

Pero me acabo de encontrar una cosa a la que le tendremos que hacer un hueco.

Ya sé que el nombre en sí es un poco espoiler pero, a estas alturas del partido, quien no haya visto Lost, es que no le importan los espoilers. Amos digo yo. De todos modos tampoco es nada grave. Se trata de un bar que abrieron hace un par de años en Barcelona y que está ambientado en la serie.


Suelen poner los episodios y han hecho maratones de temporadas completas con unas normas de lo más curiosas. Cada maratón es un concurso que supongo que ganará quien más aguante. Suele consistir en 17 horas de visionado (de 10.00 a.m. a 03.00 a.m.) con un descanso de 40 minutos para comer y 5 tickets que se pueden canjear por descansos de 10 minutos. Si hay empate, se resuelve con el trivial de Lost.

Me encanta lo de los tickets. Me imagino la red de contrabando que se crearía para aprovecharse de los concursantes con vejiga pequeña.

Aquí los sufridores.


Para superar los bajones disponen de bebida energética Bharma.


Y, como no podría ser de otra manera, hay tribu. A los seguidores les llaman Losties. ¿Seré una Lostie? Ya le preguntaré a mi médico. De todos modos, siempre suena menos pringui que Treki.

Bharma
Pedro IV, 93
Barcelona

jueves, 3 de septiembre de 2009

Tom y Jerry

Cuando era pequeña e iba a Murcia a casa de mis tíos, siempre estaba deseando que los mayores se pusieran a hacer cosas de mayores para zamparme por enésima vez un vídeo de Tom y Jerry que me encantaba.

No es que mi familia sea precisamente numerosa. Por esta parte, la de mi madre, fui nieta y sobrina única durante bastantes años. Así que había que buscarse la vida para pasar el rato. El consumo de tele en casa estaba estrictamente racionado y controlado pero con esto hacían una excepción porque siempre se apuntaba algún mayor al visionado y se tronchaba de risa.

Ese fue mi primer contacto con la tiranía tecnológica de la incompatibilidad de formatos. Siempre intentaba que me dejaran llevarme la cinta a casa y siempre encontraba la misma respuesta.

- No es que no te la quiera dar pero es que no te va a servir de nada. Nuestro vídeo es Beta y el vuestro VHS. No la vas a poder ver en casa.

A mí eso me sonaba menos creíble que la historia aquella del perro que se llevó mi chupete. Pero me aguantaba.

En esa cinta estaban mis tres cortos favoritos:

El del concierto de piano (The Cat Concerto, 1946).




El del huérfano y la cena de Acción de Gracias (The Little Orphan, 1948).



Y el del patinaje sobre hielo (Mice Follies, 1954).



Hay que reconocer que son violentos y que el rencor, la venganza y el odio eterno y a muerte son los mejores valores que enseñan. Pero digo yo que todos los que los vimos de pequeños no hemos salido tan mal.

Yo nunca me he puesto tan violenta con nadie (menos aquella vez en la que…) pero tengo que reconocer que lo de la pista de hielo en la cocina sí que lo intenté. Menos mal que, antes de inundarla, busqué los tubos esos de la nevera que producían el milagro y, al no encontrarlos, desistí.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Historias de no dormir

Aunque esto de las secciones se me está yendo un poco de las manos me voy a arriesgar a inaugurar otra. A ver si soy capaz de mantenerla.

No me he equivocado en el título, no, es que la sección va de eso. Yo suelo dormir como un tronco y supongo que eso ha permitido que Mi Santo y yo sigamos juntos.

Comencemos la terapia:

- ¡Hola! Me llamo Inverosímil y Mi Santo ronca y es un poco sonámbulo.

Lo primero es más habitual pero a todo hay quien gana. Amigos de Mi Santo que alguna vez han tenido que yacer a su lado (dormir no lo consiguieron) no se explican cómo consigo pegar ojo. Pero yo ya me acostumbré.

Lo del sonambulismo ya es más peculiar. De adulto se ha apaciguado bastante y suele reducirse a hablar por los codos. Esto es molesto a la par que muy divertido porque suele contestar cuando le hablas. Pero de pequeño… allí sólo faltaba la vaquilla para que pareciera el Gran Prix: carreras por los pasillos, cambios de vestuario, redecorado de la habitación, filípicas al armario… Una joyita.

La otra noche abro un ojo y me encuentro un espectáculo, cuanto menos, insólito. Veo a Mi Santo a lo Trinity Matrix Reloaded encaramado encima de la cama y mirándome con cara de despiste.

Menos mal que no iba encuerado ni llevaba casco. Con el pijama ya impacta lo suficiente.

Conseguí que se ubicara, se bajara de la cama y se sentara en ella. Casi se queda frito allí sentado pero finalmente fue reconducido hasta su amiga la almohada y retomó el concierto de pedorreta y resoplo en do menor sin mediar palabra.

Yo ya estoy bastante curada de espanto pero, cuando recordé el episodio a la mañana siguiente, me sorprendió la calma con la que me lo había tomado. Mi Santo, por supuesto, no se acordaba de nada.

Próxima entrega: en cama ajena.

martes, 1 de septiembre de 2009

La culpa

La culpa judeocristiana es algo que todos tenemos más inculcado de lo que creemos. Pero es que hay algunos que tienen razones para sentir culpa independientemente de la religión que la cause.

Este verano me contó una amiga una historia sobre su hermano que versa sobre el tema.

Este chico, al que llamaremos Juan, cuando tenía unos doce años estaba montando en monopatín con unos amigos en el parque que estaba debajo de su casa. Sus amigos no acertaban a explicar qué había pasado cuando, sin razón aparente, se desplomó. Cuando llegaron hasta él, le levantaron y vieron que sangraba abundantemente por la cabeza.

Lo llevaron corriendo a casa y allí le atendió su tío, quien limpió la herida y diagnosticó que se debía haber producido por el golpe que se dio al caer. Juan no conseguía acordarse de lo que había pasado.

Pasaron los años y Juan tuvo que empezar a pasar más tiempo en la mesa de estudio que con el monopatín. Mi amiga define el estudiar de su hermano como ansioso. Dice que hincaba los codos y se tiraba del pelo con las manos y se rascaba la cabeza compulsivamente.

En uno de esos arrebatos culturales una pequeña bola de metal cayó sobre el libro proveniente de su cabeza. A Juan le dio un ataque de pánico y empezó a gritar:

- ¡Me ha salido una bola de la cabeza!

En mitad de la crisis, se tocaba la cabeza tratando de encontrar de dónde había salido aquello. Un pequeño agujero en todo lo alto parecía el origen.

Al oír los gritos, su hermana mayor entró en la habitación y se encontró a Juan un tanto alterado. Juan le enseñó la bolita, le dijo que le había salido de la cabeza y que ahora tenía un agujero en su lugar.

- ¿Tú estás tonto? ¿Cómo te va a salir eso de la cabeza?

A la hermana no le pareció verosímil la historia y decidió pasar al método empírico. Cogió la bolita y comprobó si encajaba en el agujero.

- Anda, ¡pues sí cabe!

Y sí, encajaba a la perfección. Su hermana le había vuelto a incrustar la bolita en el cráneo.

Como era de esperar, esto no amainó la histeria de Juan.

- Pero, ¿estás loca? ¿Qué has hecho? ¡Sácamela! ¡Sácamela!

Cuando algún adulto tomó cartas en el asunto, pudo comprobar que la dichosa bolita parecía un perdigón. Nadie se explicaba cómo el cráneo de Juan se había convertido en una fábrica de munición hasta que alguien recordó el episodio del monopatín.

Así la historia tenía cierta lógica, pero en la familia había algunos escépticos al respecto. Se negaban a admitir que alguno de sus vecinos fuera francotirador o que Juan hubiera hecho algo tan gordo como para que alguien quisiera matarlo antes de los doce años.

El tiempo pasó y Juan alcanzó la edad suficiente para poder entrar a locales nocturnos. Una noche un chico, que sólo le sonaba vagamente, le saludó efusivamente. Era un vecino de casa de sus padres al que hacía muchísimos años que no veía. De pequeños eran amigos pero luego dejaron de verse.

El chico se comportaba de manera extraña y no dejaba de invitarle a copas. Cuando ya iban por la cuarta, el vecino dejó de hablar de repente y miró a Juan fijamente:

- Mira, ya no puedo guardar esto más tiempo... tengo que decírtelo.

Juan, como es normal, esperaba una salida del armario seguida de una incómoda declaración de amor.

- Yo te disparé.

A Juan se le cayó el vaso de la mano de la impresión.

El vecino le explicó que aquel día le habían regalado una escopeta de perdigones y le pareció buena idea comprobar qué tal funcionaba. Nunca pensó que fuera a hacer diana. Pasó muchos meses después maldiciendo su buena puntería.

Después del disparo, vio desplomarse a Juan y creyó que lo había matado. Soltó la escopeta y se encerró en el baño a perpetrar su mejor imitación del niño autista oscilante. El destino quiso que a los dos días del incidente Juan se fuera dos semanas de campamento. El no verle por el barrio hacía que sus temores crecieran pero el miedo no le dejaba preguntar por él. Era un asesino y eso sería incriminarse.

Cuando por fin Juan volvió y le vio en el parque, se terminaron los días más angustiosos de su vida. Nunca hasta el día del encuentro fue capaz de reunir el valor suficiente para confesar y por eso dejaron de ser amigos.

Y ésta, amiguitos, es la lección de hoy: si creéis que habéis matado a alguien, nunca confeséis. Es mejor perder a un amigo que pasar la infancia en un correccional.